¿Diezmos o Robos? – parte 1

¿DIEZMOS O ROBOS?

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En todo imperio o gobierno ha existido un engranaje del estado sujeto al dinero. El inicio del comercio se remonta mucho tiempo atrás, usándose el trueque o intercambio hasta que se empezaron a usar las piedras preciosas y minerales como la plata y oro a modo de cambio. Posteriormente se estandarizaron las monedas junto con las casa de préstamos para moverse dentro del mercado de la compra y venta de todo tipo de cosas.

Con relación a esto nació la tarifa de cobro que se lleva quien gestiona el sistema y también quien dirige al pueblo. Así como esto nació para el “mundo”, también Dios lo estableció para los asuntos con respecto del camino espiritual: «Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová.» (Levítico 27:30)

Tributos

Prácticamente ningún lugar ha sido exento de esta actividad, especialmente en lo que respecta a grandes naciones o centros urbanos. De la misma forma, todas las tribus tenían a un jeque o líder que dirigía las guerras del pueblo, protegiéndoles contra invasores; administraba los recursos y gestionaba las aldeas. Desde que hay mención de esto, todos los oligarcas requerían un tributo por parte del pueblo, ya fuera porque ocupaba su lugar totalitariamente o como un impuesto para desarrollar su función de cabecilla.

Cada imperio que vencía a otro, o una provincia que se añadía, debía pagar una cuota la cual imponía el vencedor. El valor se dictaminaba por el regente a razón de distintos argumentos, y desde entonces se ha organizado de variados modos hasta el presente. Si bien, sería irónico que pagásemos al sistema por sus servicios y no a Dios por los suyos.

No tiene sentido que gastemos en seguros humanos, siendo que al final moriremos, pero no a los que siembran para lo que cosechará en la Vida Eterna, pues depende del crecimiento espiritual el que avancemos hacía el camino correcto (a la enseñanza de este se dedican los que “viven del evangelio”, la enseñanza de la Luz, la Verdad): «Pero aquel cuya genealogía no es contada de entre ellos, tomó de Abraham los diezmos, y bendijo al que tenía las promesas. Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor. Y aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales; pero allí, uno de quien se da testimonio de que vive.» (Hebreos 7:6-8)

Sacerdocio

La primera vez que se mencionan los diezmos en la Biblia es en Génesis 14:18-20, cuando Abraham da la décima parte del botín de guerra a un cohen (sacerdote) de “El Elyón”, siendo que hasta ese momento ni siquiera se había mencionado en las Escrituras que existieran los tales. Tan importante fue este acontecimiento que aún se refería en la carta a los Hebreos (cap. 7).

Melquisedec saca “pan y vino” –como símbolo de compromiso mutuo- y bendice a Abraham de parte de “El Elyón”, a pesar de que los pormenores de este encuentro no se relatan en detalle. Lo que sí queda claro es que Melquisedec representa un sacerdocio muy antiguo y directamente relacionado con Dios, distinto de cómo unos 500 años después se determinó sobre la tribu de Leví (una de las 12 que conformaban Israel).

Jesús también usa este procedimiento con aquellos que consagrarían su vida a él –como hizo Abraham con Dios-. Los apóstoles se dedicaron al ministerio, y esta hay constancia de que fue próspera –al menos al comienzo- gracias a la cultura sobre el diezmo y la ofrenda que había entre los judíos; pero Pablo, lastimosamente, debió entrar en un gremio, gentil, que no estaba familiarizado con esta idea y, para evitar malos entendidos (que no creyeran que buscaba lucro), prefirió trabajar complementariamente montando carpas para pagarse sus gastos (Hechos 18), aunque no era lo dictaminado por Jesús.

El sacerdote representaba el intermediario entre los dioses y los hombres, quienes ofrecían los servicios a la deidad y trabajaban directamente para ellos. En tiempos de Abraham, el sacerdocio era algo apreciable en la civilización egipcia, y cuando se incorporó en recién emergente pueblo de Israel los trabajos no variaron. De hecho, en hebreo, tanto “obra” como “ministerio”, en lo que respecta a los trabajos del Tabernáculo y el Templo son lo mismo: “abodáh” (trabajo), raíz de Abad (esclavo, siervo).

Compromiso

Génesis 28:22 menciona el caso de Jacob en Bet-el, donde el patriarca hace un “voto” con Jehovah, dándole el “tributo” a este dios si le “cubría” en su viaje. Los ofrecimientos a las divinidades era algo común para esperar de ellos ayudas o favores. Quien paga impuestos tiene derechos en el país donde reside, y lo mismo ocurre en los asuntos espirituales. Si los impuestos de un país fuesen voluntarios pocos los pagarían y seguramente los servicios empezarían a escasear: no hay policía –porque los salarios no llegan-, no hay alumbrado público, no hay alcantarillado público, no hay avances en los trámites burocráticos -porque los funcionarios no cobran salario-… de repente, en cuestión de días el país entraría en caos y anarquía, ya que nadie trabaja gratis.

Para que esto no ocurriera en el sentido espiritual, en lo referente a Dios, se instituyó un orden en los servicios de la obra ministerial, comenzando por dar ejemplo uno más grande, Melquisedec, y luego pasando a los levitas; posteriormente serían los ministros de Cristo los que harían uso de este derecho, como se aprecia en la primera carta de Pablo a los corintios (cap. 9). Pablo añadió a eso: «¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan? Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio.» (1ª Corintios 9:13-14)

El hecho de que una persona se dedique a cosas “de Dios” no quita que deje de depender del mundo, viéndose obligado a comprar su comida para alimentarse, pagar el alquiler de su vivienda, responderle a las leyes gubernamentales y los gastos que requieren, etc. Si una nación recibe los impuestos de todos los que están tras sus fronteras, se enriquece y se hace próspero, como se ha reflejado en Israel: «Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.» (Malaquías 3:10)

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Impuestos

Si Dios mora en el Cielo, ¿por qué iba a necesitar el dinero humano? Como refiere la carta a los Hebreos, en la Tierra «reciben los diezmos hombres mortales». Pero, ¿por qué tienen que recibir diezmos? Así como los egipcios tenían su grupo especial que hacía un servicio a los dioses, el dios de los hebreos introdujo una dinámica semejante en Israel para que hubiese una constancia en los servicios a la deidad.

Así como los jefes de las naciones siempre han exigido un impuesto a sus súbditos, de modo que el rey o emperador administre también la maquinaria del estado, del reino o del imperio, en lo “espiritual” se instauró un sistema que mantuviese el engranaje de dichos asuntos: la ley de la décima parte.

Mientras los gobiernos exigen ciertos impuestos, ya sea sobre la renta, sobre vehículos, sobre el trabajo, la seguridad social, los inmuebles, etc., en alusión a los temas que a Dios respectan, Él pide la décima parte de todo cuanto se cobra en el salario y/o de la producción de la tierra. En el pasado muchos daban el diezmo y las primicias (lo primero que se genera, gana o cosecha, lo cual debe hacerse con prudencia, pues si se toma al pie de la letra o se ubica de manera insensata, alguien, que recién consigue un trabajo –por ejemplo- y da su primer mes de sueldo, puede estar poniendo en desestabilización su propia economía) de su producción agraria ya que no trabajaban para otras personas, pues eso era más bien habitual para los siervos de alguien.

Si retenemos los impuestos en el país que recibimos, tenemos problemas, pero a muchos que se dicen “seguidores de Jesús” no les preocupa hacer esto con Dios: «¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas.» (Malaquías 3:8) Mientras estamos en el mundo, este sistema exige dinero. Cuando venga el Reino de Dios eso será abolido. Melquisedec y Abraham fueron los primeros en dar ejemplo de esto, luego Jehovah con los levitas, y posteriormente Jesús con sus siervos. Jesús mismo, siendo hijo de Dios, recibió un “subsidio” en su infancia, y con esta “beca” (oro, incienso y mirra) no tuvo que pedirle a nadie nada ni trabajar para persona alguna.

Última parte…

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