Respuesta a: La rebelión de Satán

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Félix Guttmann
Moderador

La mente del adámico desligado de su hábitat natural, el universo inconmensurable, le es difícil comprender cómo fue posible que un adámico, para el caso Satán, pudiera lograr un cambio de actitud entre sus semejantes, sobre todo entre siete monarcas y algunos «príncipes» que conformaban el organigrama que lidera al reino «celestial» establecido en el infinito universo o creación, en la cual está nuestro planeta …….. aislado.

Es un hecho que el código genético ADAM está presente en muchas partes de la creación, no solo en este planeta. También es un hecho que en este planeta no inició la vida del código genético ADAM, que llamamos HOMBRE.

Así lo ratificó Jesús: que «nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo» (Jn 3:13).

De este planeta no surgió el código genético y menos para diseminarse en el universo.

En otras palabras, nadie de este planeta subió al universo para establecer su linaje en el universo.

El código genético ADAM «descendió» del universo, del inconmensurable universo, donde está viviendo desde tiempos anteriores al día cuando algunos de los hijos del reino establecido en el universo o «reino de los cielos», escogieran, entre otros planetas, a esta morada, para que en esta se diera, primeramente, el anhelado engendramiento y el subsiguiente nacimiento del hermano mayor: Imanuel, mejor conocido en ciertas latitudes como JESUS.

Para administrar la morada escogida, los monarcas encargados de esa misión, escogieron a uno de los tantos «querubím». Lo escogieron de ese especial organigrama que depende del organigrama de los monarcas.

Ese «querub», como adámico escogido de entre los suyos, fue «perfecto en todos sus caminos», HASTA que se le ocurrió ser semejante a esos monarcas y regentar como ellos lo hacen.

Ese «querub», a quien conocemos como Satán, nunca lo habría conseguido, involucrar a otros adámicos en su malévolo objetivo, y mucho menos lograrlo en esos siete monarcas que le secundaron. Lo logró porque de manera astuta, como actúa la serpiente, se sustentó en una ley que no es para los adámicos, la ley que rige al género animal.

Al amparo de esa ley, sus seguidores se cubrieron («justificaron»), y como los animales actuaron contra muchos de sus congéneres, para engrandecer su rebelión o cambio de actitud.

Los adámicos, actuando bajo las leyes de los animales, la enfilaron como animales salvajes contra todos aquellos adámicos que no les secundaron y desde ese día provocaron los desaciertos más abominables jamás imaginados en el único mundo hasta entonces conocido, el del Altísimo.

Desde entonces, «lo que sucede a los hijos de los hombres (afectados por la rebelión), y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad (inestabilidad)».

Todo va a un mismo lugar; todo es resultado del residuo, y todo volverá al mismo residuo. ¿Quién sabe que el viento de los hijos de los hombres sube este arriba, y que el viento del animal desciende este abajo a la Tierra?» (Ecl. 3:20-21).

«Nacer de nuevo» es la única solución para salir del mundo regido por las leyes para los animales. Solo así es posible que el «viento» (lat. «espíritu») de la nueva criatura, en su calidad de «hijo del hombre», suba a las alturas donde están los hijos del hombre.

Arrepentirse es cambiar de actitud, cambiar de ley, pero es necesario sujetarse a otra ley, y la única ley válida es la de «Cristo».

Para acceder a la ley de «Ha Mashiaj» («el Cristo»), es necesario, primeramente, entrar al redil de las ovejas (Jn. 10.1-29), luego ser «siervos» útiles, formando parte de ese «cuerpo» (organización»), el de «Cristo» y allí, si somos fiel en lo «poco», sobre muchas responsabilidades se nos pondrá, en calidad de «esposa» de ese «cuerpo», el de «Cristo».

En ese «cuerpo» solo hay cabida para los «siervos útiles», no allí hay «ovejas».

De ese «cuerpo» saldrán los «amigos» de Jesús.

«Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer» (Jn 15:15).

Quienes se crean «cristianos» y quieran ser ——–amigos de Jesús——-, que se levanten de las sillas «domingueras», que dejen la «pastorlatría», que se sacudan el polvo de la religiosidad, que carguen sus cruces y sigan a Jesús, para que carguen el yugo que lleva Jesús.

«Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mat. 11:29-30).

Todo cristiano debe tener en cuenta esa advertencia de parte de Jesús, que no todo el que le dice «Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos», sino el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos».

Después del arrebatamiento, muchos líderes cristianos, cuando se vean excluidos de las bodas del cordero, le dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?

¿Qué les declarará Jesús?

«Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad».

Maldad es liderar masas para sentarlas, por años, en las sillas, ofreciéndoles espectáculos, incluso con tintes circenses, y prédicas romántico espirituales, con el fin de tratarlas como sus ovejas y trasquilarles la lana.

La maldad funciona bajo parámetros totalmente ajenos a las leyes del Padre.
La maldad da «vida» al hombre en un medio que no es para el hombre, sino para los animales, por ello un hombre no puede ligarse a su Creador ni a su Hacedor, porque «vive» en un escenario afín a los animales, bajo normativas para los animales, y en ese hábitat cuanto hace no es compatible, no ajusta, no acopla con las leyes que al hombre le son propias.

FGuttmann.